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Acción poética semanal: Antonio Machado


Hoy os traemos el poema «A un olmo seco», escrito por Antonio Machado, autor perteneciente a la Generación del 98. El poema pertenece a la obra más conocida del autor, Campos de Castilla (1912). Esta obra está escrita a la muerte de Leonor Izquierdo (su mujer), y en concreto este poema trata sobre la propia Leonor metafóricamente, el olmo viejo y que analizaremos a continuación. También en este libro encontraremos recuerdos personales, reflexión sobre los grandes temas de la existencia humana y una preocupación patriótica en actitud crítica.

¿Quién es Leonor Izquierdo? Será la mujer de Machado y de la que se enamorará perdidamente a su llegada a Soria como profesor, en el año 1908. Al estilo de la novela «Lolita» de Vladimir Nabokov (pero casi 40 años antes) el maduro profesor de 34 años se enamora de Leonor (poco más de 13 años) y empieza un romance que terminará en boda poco después de que la joven cumpla 15 años. Pero el idilio terminará pronto, ya que en 1911 Leonor es diagnosticada con tuberculosis, lo que les obliga a volver a Soria, pero la joven no resiste y muere. Como legado de su lucha, nos queda este poema que Machado le dedica.


Leonor muere el día 1 de Agosto del año 1912, y el poeta le escribe a su estado decrépito y en fase terminal, pero la primavera ha hecho que recupere una cierta esperanza (con las aguas de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido) pero sabe que la muerte de su amada es inminente y hace referencia a su estado tuberculoso (un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina). Pero sobretodo el poeta se quiere centrar en recordarla tal y como era cuando la conoció, en su Soria natal(«¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero!»), la compara con otras damas y para él no hay otra mejor que ella (No será, cual los álamos cantores /que guardan el camino y la ribera, /habitado de pardos ruiseñores). Por eso todo el ansia del poeta es recordarla, es acordarse de como era esa niña, mujer de la que se enamoró, y del dolor que va a suponer que ella se muera («Antes que te derribe, olmo del Duero, /con su hacha el leñador,»«antes que te descuaje un torbellino/ y tronche el soplo de las sierras blancas»«antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta»). El poema acaba, como deben acabar los poema de amor, con pena, pero con esperanza, y así nos lo hace saber Machado («Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera.»). Sabiendo que Leonor está cerca de la muerte y que apenas le queda vida, decide agarrarse a la esperanza de ver esas ramas verdecidas y recordarla así, en su último suspiro de primavera de juventud.


A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

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